La casa construida por mis abuelos, Lina y Genaro —inmigrantes italianos que huyeron de la guerra y el hambre y se asentaron en Buenos Aires a mediados del siglo XX— fue el hogar familiar donde nació mi padre, Hugo, y donde también crecí en parte. Con el tiempo, el espacio dejó de funcionar únicamente como vivienda y se convirtió en el taller de impresión donde mi padre trabajó como impresor hasta sus últimos días.
Sus paredes albergaban los recuerdos de cuatro generaciones y ahora se derrumban con la misma fragilidad que la propia casa. Ninguno de ellos está conmigo, y lo que queda se ha convertido en una ruina: el rastro esquelético de lo que una vez fue un lugar de pertenencia. Ante su inminente demolición, me pregunto cómo puede la memoria permanecer viva cuando sus huellas físicas comienzan a desaparecer.
Durante muchos años, mi relación con mi padre estuvo rota; antes de su muerte, pudimos reconectarnos, lo que me enseñó que incluso bajo las ruinas, tanto simbólicas como materiales, se puede recuperar algo valioso. En respuesta a esta transformación del paisaje habitado, recopilo fragmentos y exploro las superficies del lugar, testigos silenciosos de la historia familiar: techos y muros construidos por mi abuelo, ahora caídos; las hojas secas del árbol que plantó mi abuela; ventanas rotas, polvo y pequeños objetos domésticos.
En diálogo con estos restos, regreso a la práctica de impresión de mi padre, transfiriendo imágenes a materiales cargados de tiempo mediante procesos fotográficos alternativos. Las imágenes migran a soportes inestables —escombros, materia orgánica, restos arquitectónicos— donde se desvanecen, se manchan o se fracturan, revelando la memoria como una condición física y mutable. A través de este gesto heredado, la casa pasa de ser un lugar de pérdida a uno de transformación. Aquí, la imagen funciona como rastro y acto transmitido: imprimir es presionar, dejar huella, transferir.
Como las ruinas y las superficies fotosensibles, la memoria es fragmentaria y está en constante transformación. No sobrevive mediante la preservación, sino por su capacidad de reimpresión: mediante la superposición de lo que fue, lo que persiste y lo que se reinventa continuamente.