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Memoria en ruinas (2024-5)

La casa que fue construida por mis abuelos, Lina y Gennaro, inmigrantes italianos a mediados del siglo XX en el Barrio de Floresta en Buenos Aires, Argentina, supo ser el hogar familiar que vio nacer a mi padre Hugo y en parte donde yo también crecí. Hoy ellos ya no están y la casa se convirtió en pura ruina. Como testigo del paso del tiempo, reflexiono sobre la memoria de los lugares, los recuerdos familiares y la fragilidad de los mismos. Les presto resistencia transfiriendo imágenes del álbum familiar a los escombros a través del tacto con un gesto de caricia buscando rescatar las añoranzas de un pasado que se desvanece, con la firme intención de honrar la memoria familiar, un intento por mantener vivos los recuerdos y las emociones que un día habitaron estas paredes hoy hechas escombros.  Exposición Selección Gran Concurso Vincennes Images Festival (Paris - 2025)                                 ...

Casa Sin Terminar














La casa construida por mis abuelos, Lina y Genaro —inmigrantes italianos que huyeron de la guerra y el hambre y se asentaron en Buenos Aires a mediados del siglo XX— fue el hogar familiar donde nació mi padre, Hugo, y donde también crecí en parte. Con el tiempo, el espacio dejó de funcionar únicamente como vivienda y se convirtió en el taller de impresión donde mi padre trabajó como impresor hasta sus últimos días.

Sus paredes albergaban los recuerdos de cuatro generaciones y ahora se derrumban con la misma fragilidad que la propia casa. Ninguno de ellos está conmigo, y lo que queda se ha convertido en una ruina: el rastro esquelético de lo que una vez fue un lugar de pertenencia. Ante su inminente demolición, me pregunto cómo puede la memoria permanecer viva cuando sus huellas físicas comienzan a desaparecer.

Durante muchos años, mi relación con mi padre estuvo rota; antes de su muerte, pudimos reconectarnos, lo que me enseñó que incluso bajo las ruinas, tanto simbólicas como materiales, se puede recuperar algo valioso. En respuesta a esta transformación del paisaje habitado, recopilo fragmentos y exploro las superficies del lugar, testigos silenciosos de la historia familiar: techos y muros construidos por mi abuelo, ahora caídos; las hojas secas del árbol que plantó mi abuela; ventanas rotas, polvo y pequeños objetos domésticos.

En diálogo con estos restos, regreso a la práctica de impresión de mi padre, transfiriendo imágenes a materiales cargados de tiempo mediante procesos fotográficos alternativos. Las imágenes migran a soportes inestables —escombros, materia orgánica, restos arquitectónicos— donde se desvanecen, se manchan o se fracturan, revelando la memoria como una condición física y mutable. A través de este gesto heredado, la casa pasa de ser un lugar de pérdida a uno de transformación. Aquí, la imagen funciona como rastro y acto transmitido: imprimir es presionar, dejar huella, transferir.

Como las ruinas y las superficies fotosensibles, la memoria es fragmentaria y está en constante transformación. No sobrevive mediante la preservación, sino por su capacidad de reimpresión: mediante la superposición de lo que fue, lo que persiste y lo que se reinventa continuamente.

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